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Pensamientos prohibidos

~ PERSPECTIVA DE ADRIÁN ~

La lluvia no había parado, y la ciudad seguía cubierta por un gris pesado que hacía que todo pareciera más intenso. Desde donde estaba, observaba a Lara sentada en el sofá, envuelta en una manta, con los rizos del pelo cayéndole sobre los hombros y la mirada distraída. Podía jurar que incluso el sonido de la lluvia no lograba apagar la luz que había en sus ojos, esa chispa que me hacía perder el sentido.

La había invitado aquí por su propio bien, porque sabía que la tormenta podía ser peligrosa, y porque… bueno, porque quería tenerla cerca, ver cómo se movía, cómo respiraba, cómo cada gesto suyo me volvía loco. Y no solo por deseo. Por amor. Porque hacía tiempo que no me importaba nadie como me importaba ella.

—Mm… —gruñí para mis adentros, rudo y consciente de mi propia locura—. No puedo dejar que se me escape. Nunca.

La veía moverse mientras ajustaba la manta, sus dedos jugueteando con la tela, y me di cuenta de que quería más de ella, más cerca, más íntimo, más mío. No era solo físico. Era todo: la manera en que pensaba, la forma en que me miraba incluso cuando creía que no lo hacía, la risa que no podía ocultar… Todo de ella me atrapaba.

—Maldita sea… —gruñí, sin poder evitarlo—. Cada segundo lejos de ella es una tortura. Y aquí está… a mi lado, pero aún siento que necesito más.

Caminé hacia la cocina para prepararle algo de beber, pero incluso allí mis pensamientos no dejaban de girar en torno a ella. Cómo se movería al sentarse, cómo sus labios temblaban apenas después del beso que habíamos compartido, cómo su respiración se aceleraba con cada roce de mi brazo cuando me acercaba a poner la bebida sobre la mesa.

Me incliné hacia ella mientras le entregaba el vaso, y sentí cómo mis dedos rozaban los suyos. Casi accidental, claro, pero suficiente para que mi corazón diera un vuelco. Su mirada se cruzó con la mía, y sin decir nada, ya me estaba retando. Siempre lo hacía. Siempre me provocaba, pero no podía decir que no me encantara.

—Mm… —susurré para mí mismo, rudo—. Cada roce es un recordatorio de que la quiero. De que no quiero perderla.

Me senté a su lado, manteniendo apenas un espacio entre nosotros. Cada segundo era una prueba, una provocación silenciosa, y yo lo disfrutaba. No era solo deseo. Era necesidad. Y lo sabía. Lo sentía en cada fibra de mi cuerpo.

Pensé en cómo había planeado esta noche. No era casualidad. Cada gesto mío, cada palabra, cada mirada, había sido calculada para mantenerla cerca, para que se sintiera protegida, para que confiara en mí y… para que ella entendiera lo que yo no podía decir de frente: que la amaba. Que la quería. Que era mía, aunque aún no lo supiera por completo.

—Maldita sea… —gruñí, rudo, mientras la observaba beber—. La amo. Y también quiero trincármela. Todo, todo de ella.

No podía dejar de pensar en ella, en su risa, en la manera en que mis palabras la hacían sonrojarse, en cómo cada gesto mío provocaba un cambio en su respiración. Quería acariciarla, besarla, abrazarla, protegerla… y sí, también deseaba cada parte de su cuerpo. Pero había algo más profundo que eso. Algo que me aterraba admitir incluso a mí mismo: la amaba con una intensidad que no podía controlar.

—Mm… —murmuré para mí mismo, rudo y pensativo—. Nunca había sentido algo así por nadie. Y no voy a dejar que se me escape.

Me incliné un poco más hacia ella mientras hablábamos de tonterías, sobre ropa, sobre la manta, sobre la lluvia. Cada frase mía tenía doble intención, aunque ella aún no lo percibía del todo. La observaba con ojos calculadores, midiendo cómo reaccionaba a cada palabra, a cada gesto. Quería que se sintiera segura, pero también provocada, consciente de lo que pasaba entre nosotros.

—Mm… —gruñí internamente—. Esto es peligroso. Pero también perfecto. Porque quiero que sienta lo mismo que yo. Que se dé cuenta de que la quiero. Que la deseo. Que no hay vuelta atrás.

Pensé en cómo se movería mañana, cómo vestiría, qué sentiría al despertar, y me pregunté cuánto tiempo podría mantener esta contención. Quería abrazarla, besarla de nuevo, sentirla cerca. Pero sabía que aún teníamos que jugar, construir, provocarnos. La anticipación era parte de esto. La tensión nos mantenía vivos, nos mantenía cerca, nos hacía desear más.

—Mm… —gruñí, mientras la veía acomodarse la manta de nuevo—. Maldita sea… la quiero. Y la deseo. Todo de ella.

Caminé hacia la ventana para mirar la lluvia caer, pero no podía dejar de pensar en ella. Cada gota golpeando los ventanales parecía recordarme que quería que estuviera conmigo, protegida, segura, y que ese deseo no iba a desaparecer.

—Mm… —susurré, rudo y para mí mismo—. No voy a dejar que le pase nada. Ni hoy, ni nunca.

Volví a sentarme junto a ella, manteniendo mi distancia mínima, con la mano cerca de la suya, sin tocarla directamente. Podía sentir cómo cada roce potencial, cada mirada prolongada, cada palabra susurrada, aumentaba la tensión. Cada segundo que pasaba, la quería más, la deseaba más, y cada pensamiento mío estaba dominado por ella.

—Mm… —gruñí, interno, provocador—. Si ella supiera todo lo que siento… tal vez se asustaría. Pero también lo desearía. Como yo lo deseo.

Su risa ligera, sus movimientos suaves, la forma en que me miraba incluso cuando creía que no lo hacía… todo me estaba volviendo loco. Quería que supiera que la amaba, pero no podía decírselo en voz alta. Así que lo demostraba con gestos, con presencia, con cuidado y ruda provocación.

—Mm… —murmuré, pensativo—. Cada minuto con ella es un regalo y una tortura. Porque la quiero y deseo al mismo tiempo. Todo de ella. Y no puedo… ni quiero… controlarlo.

La noche avanzaba, y mientras la observaba acomodarse, tomando su bebida, envuelta en la manta, no podía evitar planear los próximos pasos. Qué decir, qué hacer, cómo acercarme sin cruzar todavía la línea, cómo preparar el terreno para lo que inevitablemente vendría. Quería besarla de nuevo, acariciarla ligeramente, provocarla de manera ruda pero protectora, mantenerla intrigada, deseando más, mientras yo sentía cómo la amaba más de lo que había creído posible.

—Mm… —gruñí para mí mismo—. No hay duda. La quiero conmigo. Para siempre.

Y mientras la observaba, sentada a mi lado, la lluvia golpeando los ventanales y la luz cálida del salón envolviéndonos, supe que todo había cambiado. No solo la quería, no solo la deseaba… la amaba con cada parte de mí. Y nada, ni la tormenta ni el tiempo ni sus dudas, iba a impedir que ella supiera quién era yo realmente y lo que sentía.

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