La lluvia seguía golpeando los ventanales con fuerza, acompañada de truenos que retumbaban en el casoplón. Desde mi posición junto al sofá, la observaba en silencio, envuelta en la manta, con los rizos del pelo cayéndole sobre los hombros y los ojos fijos en algún punto lejano, como si estuviera tratando de ordenar sus pensamientos. Cada movimiento suyo, por mínimo que fuera, me atravesaba como un disparo.
Era imposible no pensar en ella. En cómo sus labios habían rozado los míos, en cómo su re