Noche de tempestad

La lluvia seguía golpeando los ventanales con fuerza, acompañada de truenos que retumbaban en el casoplón. Desde mi posición junto al sofá, la observaba en silencio, envuelta en la manta, con los rizos del pelo cayéndole sobre los hombros y los ojos fijos en algún punto lejano, como si estuviera tratando de ordenar sus pensamientos. Cada movimiento suyo, por mínimo que fuera, me atravesaba como un disparo.

Era imposible no pensar en ella. En cómo sus labios habían rozado los míos, en cómo su respiración se aceleraba cada vez que me acercaba, en cómo su cuerpo reaccionaba a mi presencia. Y sí, también estaba el deseo físico, esa necesidad de sentirla más cerca, de acariciarla, de atraparla en mis brazos. Pero había algo más profundo. La amaba, y eso me volvía loco.

Me moví un poco para acercarme más, manteniendo apenas un espacio entre nosotros. Su mirada se levantó hacia mí por un instante, y un leve rubor apareció en sus mejillas. Sentí cómo el calor subía por mi cuerpo. Cada vez que nos cruzábamos así, cada pequeño roce accidental, era una explosión contenida de deseo.

Pensé en cómo había planeado esta noche. No era casualidad que estuviera aquí. Cada gesto mío, cada palabra, cada mirada, estaba calculada para mantenerla cerca, para que se sintiera protegida, pero también provocada. La anticipación era un juego que disfrutaba sin reservas.

—Mm… —gruñí internamente—. Esta noche va a ser peligrosa. Para mí y para ella. Porque quiero todo de ella. Todo. Y sé que ella también lo desea, aunque aún no lo admita.

Ella se acomodó la manta sobre las piernas y tomó un sorbo de la bebida que le había preparado. Cada gesto suyo, cada movimiento, me hacía desearla más. Era imposible no notar cómo mi cuerpo reaccionaba, cómo el corazón me latía acelerado, cómo cada pensamiento estaba dominado por ella.

Me inclinaba a veces hacia ella para hablar de cosas triviales: la lluvia, la ropa, la manta. Pero todo tenía doble intención, aunque ella aún no lo percibía del todo. Cada palabra, cada roce apenas perceptible, estaba cargada de provocación, de tensión, de deseo contenido.

La tormenta afuera parecía reflejar lo que pasaba entre nosotros dentro del salón. Cada trueno, cada relámpago, me recordaba que la intensidad de este momento no era normal. Quería que ella se sintiera segura, sí, pero también que percibiera mi deseo, que lo sintiera sin palabras.

—Mm… —susurré para mí mismo—. Todo lo que hago es por ella. Por mantenerla cerca, por protegerla, por provocarla… y también por mí.

Poco a poco, la cercanía física empezó a ser más difícil de contener. Cuando me senté a su lado, noté cómo su pierna rozaba la mía. No era intencional, o al menos eso parecía, pero mi cuerpo respondió de inmediato. Mi mano descansó cerca de la suya, pero sin tocarla, simplemente sintiendo la proximidad. Cada segundo era una tortura deliciosa.

—Mm… —gruñí, rudo—. Maldita sea… la quiero más de lo que puedo soportar.

Ella levantó la vista hacia mí y nuestra mirada se cruzó de manera intensa. Pude ver en sus ojos lo mismo que sentía yo: necesidad, deseo, algo que no podía ocultar. Y entonces, sin previo aviso, ella se movió, acercándose más. Mi corazón dio un vuelco.

—Mm… —susurré, mientras mi respiración se aceleraba—. Esto no puede estar pasando…

Se subió sobre mí, sentándose con cuidado, pero de manera que nuestros cuerpos quedaran pegados. Mi torso sentía cada curva de su cuerpo, cada movimiento suyo, y no pude evitar colocar mis manos suavemente a los lados, tocándole la cintura y ese maravilloso culo que tenía . Su respiración estaba cerca de mi cuello, y su mirada me desarmaba por completo.

Nuestros labios se encontraron de nuevo, esta vez con más urgencia. Era un beso largo, intenso, cargado de deseo y emoción, un beso que dejaba claro todo lo que sentíamos sin necesidad de palabras. Mis manos se movieron ligeramente por su cintura, manteniéndola cerca, y sentí cómo su cuerpo respondía al mío, cómo se arqueaba hacia mí, cómo su respiración coincidía con la mía.

—Mm… —susurré, rudo, entre el beso—. Maldita sea…

Nos separamos apenas un instante, respirando con dificultad, mirándonos a los ojos. La intensidad era abrumadora. Quería más, necesitaba más, pero sabía que aún no era el momento. Ella también lo sabía. Cada gesto suyo estaba cargado de intención, de provocación, de un deseo que no podía ignorar.

El resto de la noche continuó con la misma cercanía, los mismos roces casi accidentales, las miradas que hablaban por nosotros, los susurros provocativos que hacían que la piel se me erizara. Cada momento con ella era un recordatorio de que nada volvería a ser igual, de que la quería con todo lo que era, de que no podía ni quería soltarla.

Cuando finalmente nos acomodamos para intentar descansar, ella seguía sobre mí, apoyando la cabeza contra mi pecho, y sentí cómo su respiración se calmaba poco a poco. Yo la abrazaba con cuidado y protector, sintiendo su calor, su peso, su presencia.

—Mm… —susurré, acariciando apenas su espalda—. Esto es solo el principio. Todo lo que siento… todo lo que deseo… es solo para ti.

Y mientras la observaba cerrar los ojos, dormirse lentamente, supe que cada pensamiento mío, cada deseo, cada impulso rudo y protector, estaba dirigido a ella. La quería. La deseaba. La amaba. Y nada, ni la tormenta, ni la noche, ni nuestras dudas, iba a cambiar eso.

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