Mundo de ficçãoIniciar sessãoDos horas después de aquel beso que todavía me recorría la piel, mi móvil vibró con fuerza. La pantalla brilló con un mensaje de alerta: “ALERTA ROJA. Riesgo extremo de tormenta, lluvias intensas y granizo. Evite salir de casa.”
Mi corazón dio un vuelco. Justo cuando me levantaba para organizar mis cosas y marcharme, Adrián apareció detrás de mí, rudo y serio, con esa presencia que hacía imposible ignorarlo. —Mm… —dijo, grave—. No vas a salir así, bajo la tormenta. Es peligroso. —Pero… —intenté protestar, aunque el sonido de la lluvia golpeando los ventanales hacía que mi voz sonara débil—. Solo quería… —Mm… —gruñó, interrumpiéndome, rudo—. No vas a salir. Hoy no. Y punto. La insistencia en su voz no dejaba lugar a discusión, y por primera vez en mucho tiempo, no quise discutir. Sabía que tenía razón: la lluvia era intensa, los relámpagos iluminaban la ciudad y el granizo golpeaba con fuerza. La idea de salir sola era absurda. —Está bien… —susurré, resignada—. Supongo que… puedo quedarme. —Mm… —susurró, provocador y rudo—. Me alegra que lo reconozcas. Hoy descansarás aquí, y mañana puedes tomarte el día libre. Nadie te molestará. Mientras me acomodaba en el sofá, él comenzó a hablar sobre cosas triviales, pero con ese tono provocador que hacía que cada palabra me afectara. —Mm… —dijo, rudo, observando mi ropa de la tarde—. Esa blusa… quizá no era la más adecuada para un día de tormenta, ¿no crees? —¿Qué quieres decir? —pregunté, con un hilo de voz, notando cómo mi corazón empezaba a acelerarse de nuevo—. —Mm… —susurró, provocador—. Que si vas a estar aquí, quizá deberías ponerte algo más cómodo. Algo que no te restrinja. —Mm… —dije, dudando, sin saber si estaba hablando de ropa o de otra cosa—. No sé… quizá sí… Él sonrió de esa manera ruda y segura que me hacía perder la concentración. —Mm… —dijo—. No tienes que decidir nada ahora. Solo relájate. Estás segura aquí. Yo me encargo de que nada te pase. Me dejé caer en el sofá, sintiendo cómo la tensión del día, del beso, del acercamiento constante, comenzaba a mezclarse con la tranquilidad de estar protegida por él. La lluvia golpeaba los ventanales con fuerza, pero yo estaba a salvo. Adrián se movía por la habitación con pasos seguros, organizando unas mantas y preparando todo para que estuviera cómoda. —Mm… —dijo mientras me extendía una manta—. No te preocupes por nada. Hoy solo descansas. —Gracias… —susurré, sintiendo cómo mi corazón latía aún más rápido con su cercanía—. —Mm… —gruñó, rudo y provocador—. Mañana podrás tomarte el día libre. Y quizá puedas vestirte con algo más… cómodo. No pude evitar sonrojarme ante sus palabras. Todo en su tono, en su manera de hablar, era provocador, rudo, y lleno de intención. Y yo empezaba a darme cuenta de que, aunque estaba protegida, la tensión entre nosotros seguía intacta. —Mm… —susurré—. No sé si… puedo relajarme del todo. —Mm… —dijo, acercándose un poco más, dejando su torso cerca del mío sin tocarme—. Eso es normal. No quieres admitirlo, pero lo sabes. La tensión está aquí, entre nosotros. Y no desaparecerá solo por esta noche. Intenté distraerme, mirar la lluvia, concentrarme en la manta sobre mis piernas, pero cada vez que él se movía, cada vez que hablaba, sentía cómo el calor subía por mi cuerpo y cómo mi corazón se desbordaba. Cada mirada suya era provocadora, cada susurro cargado de intención. —Mm… —dijo, rudo—. Mañana puedes decidir qué ropa ponerte. Pero esta noche… solo relájate. No hay excusas, no hay presiones. Solo tú y yo. Y la tormenta afuera. —Mm… —susurré, con la voz temblorosa—. Está bien… El resto de la noche transcurrió entre charlas, miradas, roces apenas perceptibles y silencios cargados de tensión. La lluvia seguía golpeando los ventanales, y la luz cálida del casoplón creaba un ambiente íntimo, perfecto para la cercanía que ambos sentíamos pero que aún no cruzaba la línea del beso o más allá. —Mm… —susurró mientras se sentaba cerca de mí, rudo y provocador—. Sabes que esto solo puede terminar de una manera, ¿verdad? —Mm… —susurré, temblando—. Lo sé… y no quiero que termine. —Mm… —gruñó, provocador—. Eso es lo que quería escuchar. Hoy solo descansas. Mañana… ya veremos. Finalmente, con la lluvia golpeando y el sonido de los truenos en el exterior, me acomodé bajo la manta, consciente de la presencia de Adrián a mi lado. Cada gesto suyo, cada palabra, cada mirada, mantenía la tensión en un punto casi insoportable. Sabía que aquel domingo, aunque terminara en calma aparente, había dejado claro que nada volvería a ser igual.






