Entramos en mi piso y cerré la puerta tras nosotros. El aire estaba cálido y tranquilo, la luz suave de las lámparas dando un halo acogedor. Respiré hondo, como intentando absorber todo el momento. Él dejó la chaqueta colgada y me miró, como evaluando el espacio, aunque no necesitaba permiso para sentirse cómodo.
—Tu casa es… muy tú —dijo, con esa calma que siempre me desarma.
—Gracias —respondí, un poco sonrojada—. Es sencilla, pero cómoda. Para mí basta.
Se dejó caer en el sofá con naturalida