La bachata empezó a subir de intensidad y, sin darnos cuenta, nuestros cuerpos se acercaron más. No era un roce casual; era un alineamiento natural de movimientos, como si el ritmo marcara la dirección de lo que sentíamos y no supiéramos cómo negarlo. Su mano en mi cintura estaba firme, segura, y la mía descansaba ligeramente sobre su hombro. Respirábamos al mismo ritmo y, por primera vez, entendí sin palabras lo que sentíamos.
No hubo necesidad de mirar a los lados ni de sonreír. Solo él y yo,