La dulce bachata

La bachata empezó a subir de intensidad y, sin darnos cuenta, nuestros cuerpos se acercaron más. No era un roce casual; era un alineamiento natural de movimientos, como si el ritmo marcara la dirección de lo que sentíamos y no supiéramos cómo negarlo. Su mano en mi cintura estaba firme, segura, y la mía descansaba ligeramente sobre su hombro. Respirábamos al mismo ritmo y, por primera vez, entendí sin palabras lo que sentíamos.

No hubo necesidad de mirar a los lados ni de sonreír. Solo él y yo, pegados al compás de la música. Un calor extraño me recorrió el pecho, profundo y dulce, mezclado con una especie de calma que no había sentido antes. Me di cuenta, sin decirlo en voz alta, de que lo que sentía por él iba más allá de la atracción; era cariño, deseo, protección y esa sensación nueva de estar con alguien que se ha vuelto imprescindible en apenas unos días.

Cuando la canción terminó, no nos separamos de inmediato. Seguimos apoyados, respirando y dejando que el silencio hablara. Yo podía sentir cómo su mirada me atravesaba con la misma claridad que yo lo miraba a él. No hizo falta confesar nada, porque ambos lo sabíamos: estábamos enamorados, aunque fuera de forma silenciosa, y aquel momento lo confirmó.

—Creo que… me gusta estar así contigo —susurré finalmente, un poco avergonzada de tener que ponerle palabras a lo que acabábamos de sentir.

Él sonrió, una sonrisa suave, cálida, que no necesitaba más explicación.

—A mí también —respondió—. Más de lo que debería, quizá.

Reí con suavidad, bajando la cabeza. La música continuaba de fondo, mezclada con murmullos de otros clientes, pero para nosotros era como si el resto del pub no existiera.

—Cuéntame de tu familia —dije, buscando un tema que nos devolviera a algo concreto después de tanta emoción.

—¿Mi familia? —dijo, ladeando la cabeza—. Bueno… es ruidosa, intensa y caótica. Mi madre es increíble, pero tiende a preocuparse demasiado. Siempre quiere saberlo todo, estar encima de mí. Mi padre… es más tranquilo, relajado, pero tiene sus manías. Y luego está mi hermana, que es directa y nunca se calla nada. Siempre sabe lo que pasa antes que yo. —Se encogió de hombros con una sonrisa ligera—. Es un lío, pero es hogar.

Escuché cada palabra mientras lo miraba. Podía imaginarlo en su casa, rodeado de risas, pequeñas discusiones y cariño.

—Suena… complicado, pero bonito —comenté—. La mía es distinta. Más silenciosa. Mi madre habla poco, pero cuando lo hace lo dice todo. Mi padre es cariñoso, pero también reservado. Y mi hermano… bueno, es mucho más relajado que yo. Nunca sabe cuándo tomar las cosas en serio.

—Eso explica muchas cosas —dijo, apoyando la frente levemente en mi hombro—. Cómo eres, cómo manejas las cosas, cómo te relacionas…

—Sí —respondí, sonriendo—. Y tú, cómo manejas todo con tu familia me parece admirable.

—No es admirable —replicó suavemente—. Solo… diferente. Pero nos entiende a su manera. Creo que eso también nos define.

Nos quedamos un momento en silencio, simplemente disfrutando de esa cercanía, del calor que compartíamos y de la seguridad que nos daba estar pegados el uno al otro. Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, podía dejar de fingir que todo estaba controlado. Con él, podía ser yo sin máscaras, sin complicaciones.

—¿Sabes? —empecé—. Me da tranquilidad conocerte así. Con tu familia, con tus hábitos, con todo lo que eres. Me hace sentir… que puedo confiar.

—Eso también me pasa a mí —dijo, mirándome directo a los ojos—. Conocer quién eres tú, cómo eres con los tuyos, cómo piensas… me hace quererte más. Mucho más.

Mi corazón dio un vuelco. No fue un gesto exagerado ni dramático; fue algo cálido, silencioso, que me llenó por dentro y me dejó un nudo dulce en la garganta.

—Me alegro de que te sientas así —susurré, apoyando la frente en su pecho por un instante—. Yo también te quiero… más de lo que pensaba que podría en tan poco tiempo.

Él sonrió y me abrazó suavemente, sin prisa, como si sellara todo lo que habíamos dicho y sentido sin necesidad de palabras. La bachata continuaba de fondo, y aunque la canción llegaba a su fin, para nosotros la música parecía no terminar nunca.

Nos separamos solo un poco, suficiente para mirarnos de frente. Ninguno dijo nada más, porque no hacía falta. Ambos sabíamos que algo había cambiado para siempre. Habíamos cruzado la barrera invisible de la atracción y habíamos llegado al lugar donde las emociones pesan y se sienten de verdad.

—Entonces… —dijo él finalmente—. ¿Volvemos otro sábado?

—Sí —respondí, sonriendo—. Pero esta vez me toca invitar.

—Trato hecho —dijo, y su sonrisa me atravesó de nuevo.

Esa noche, mientras caminábamos fuera del pub, con el aire fresco y la ciudad iluminada por farolas y escaparates, sentí que todo era más ligero y a la vez más intenso. Sabía que ese sábado había marcado un punto de inflexión.

No era solo diversión. No era solo baile. Era amor silencioso, confirmado por cada gesto, cada mirada, cada roce que nos acercaba más sin necesidad de palabras.

Y mientras caminábamos hacia casa, todavía riendo por tonterías y detalles de la noche, supe que nunca querría volver a sentirme sola de la misma manera.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP