Mundo ficciónIniciar sesiónEl ritmo de sus caderas era implacable, cada embestida de Adrián clavándose en mí como un latigazo de puro placer. Mis uñas se hundían en sus hombros, mis muslos temblaban alrededor de su cintura mientras él me penetraba con una fuerza que me dejaba sin aliento. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y los crujidos del colchón bajo nosotros.
Pero entonces, justo cuando sentía que el orgasmo se acercaba como una ola gigante a punto de arrastrarme, Adrián se detuvo. No fue un frenazo gradual, no fue un cambio de ritmo—fue un alto absoluto. Su cuerpo se quedó inmóvil sobre el mío, su polla aún enterrada hasta el fondo dentro de mí, palpitando, gruesa, llenándome por completo, pero sin moverse ni un milímetro. Un gemido frustrado se me escapó, mis caderas intentaron instintivamente seguir el movimiento, buscar esa fricción que me llevaría al borde, pero él me sujetó con fuerza, sus manos como grilletes alrededor de mis muñecas, clavándolas contra el colchón. —Qué… —logré balbucear, mi voz temblorosa, mi coño apretándose alrededor de él en un intento desesperado por provocarle, por hacerle perder el control—. ¿Qué haces? Su aliento era caliente contra mi oreja, su voz un susurro ronco, cargado de una autoridad que me hizo estremecer. —Quiero verte —murmuró, sus labios rozando el lóbulo de mi oreja antes de morderlo con suavidad—. Quiero verte tocarte para mí. Mis ojos se abrieron de golpe, el calor de la excitación inundándome al mismo tiempo. ¿Que qué? —¿Que me toque? —repetí, incrédula, aunque mi cuerpo ya estaba reaccionando a la idea, mi piel erizándose, mi clítoris palpitando con necesidad—. Estás dentro de mí, joder. —Sé exactamente dónde estoy —gruñó, moviendo sus caderas solo lo suficiente para que sintiera el peso de su polla dentro de mí, sin retroceder, sin darme lo que ansiaba—. Y no me voy a mover hasta que lo hagas. Una risita nerviosa se me escapó, mezclada con un gemido cuando intenté apretarme contra él y no conseguí nada más que un roce insignificante. —Eres un hijo de puta —dije, pero mi voz no tenía convicción, porque la verdad era que el solo pensamiento me estaba volviendo loca. La idea de que me observara, de que me viera retorcerme, gemir, correrme sin que él se moviera… era tan excitante. Adrián se levantó ligeramente, apoyándose en sus antebrazos para mirarme desde arriba, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de lujuria y desafío. —Hazlo —su voz firme—. O seguiremos así toda la noche. Tragué saliva, sintiendo cómo mi propio jugo resbalaba por mis muslos, cómo mi cuerpo lo traicionaba, deseándolo demasiado como para negarme. Mis manos temblaban cuando las llevé hacia abajo, rozando primero mis pechos, pellizcando mis pezones duros antes de descender más, más, hasta que mis dedos encontraron el calor húmedo entre mis piernas. El primer contacto fue eléctrico. Un gemido largo y tembloroso se me escapó cuando mis yemas rozaron mi clítoris, ya hinchado, sensible, casi dolorido de lo excitada que estaba. Adrián no se movió, pero sentí cómo su polla se contraía dentro de mí, cómo su respiración se volvía más pesada al verme arquear la espalda, mis dedos dibujando círculos lentos y deliberados alrededor de ese punto que me volvía loca. —Así —susurró, su voz áspera— La palabra me quemó, pero en el buen sentido, como un chispazo que avivó el fuego que ya ardía en mí. Mis caderas se movieron instintivamente, buscando más presión, más contacto, pero él seguía sin ceder, su cuerpo como una losa inmóvil sobre el mío, su polla una presencia constante, implacable, negándome el movimiento que tanto necesitaba. —Por favor —supliqué, mis dedos acelerando el ritmo, frotando más rápido, más duro, mientras mis muslos se apretaban alrededor de sus caderas—. Necesito… —¿Necesitas qué? —preguntó, su voz un growl bajo, sus ojos clavados en el punto donde mis dedos trabajaban, donde mi cuerpo se retorcía bajo el suyo. —¡Correrme! —grité, sin importarme ya el orgullo, sin importarme nada más que esa necesidad urgente que me consumía—. ¡Déjame correrme, joder! Adrián sonrió, un gesto oscuro, triunfal, antes de inclinarse para capturar uno de mis pezones entre sus dientes, mordiéndolo justo lo suficiente para que un dolor placentero se uniera al torbellino de sensaciones. —Entonces hazlo —dijo, su aliento caliente contra mi piel—. Pero no apartes los ojos de mí. No tuve elección. Mis dedos se movieron con desesperación, frotando, apretando, mientras mis caderas se sacudían en pequeños espasmos, buscando alivio. Cada vez que estaba a punto de llegar, Adrián se las arreglaba para tensar sus músculos, para que su polla se clavara un poco más hondo dentro de mí sin moverse, recordándome que él tenía el control, que él decidía cuándo me dejaba ir. —¡No puedo! —gemí, mis uñas arañando el colchón, mi cuerpo cubierto de un sudor pegajoso—. ¡No puedo así, necesito que te muevas, por favor! —Claro que puedes —contestó, su voz un susurro cruel—. Y lo harás. Porque si no, me quedaré aquí, duro como una piedra dentro de ese coño apretado, y no te daré nada. El desafío en sus palabras me empujó al límite. Con un grito ahogado, mis dedos se apretaron contra mi clítoris, frotando con furia, sin ritmo, sin delicadeza, solo necesidad pura. Mis muslos temblaron, mi espalda se arqueó, y entonces— El orgasmo me golpeó como un tren. Un grito desgarrado salió de mi garganta mientras mi cuerpo se sacudía bajo el suyo, mis paredes internas apretándose alrededor de su polla con espasmos violentos, como si intentaran arrastrarle conmigo. Adrián gruñó, sus dedos hundiéndose en mis caderas con fuerza, pero aún así, no se movió, dejándome cabalgar la ola sola, dejándome sentir cada segundo de esa liberación intensificada por su inmovilidad, por su negación. —¡Joder, joder, joder! —grité, mis dedos aún temblando contra mi clítoris sensible, mi cuerpo sacudiéndose con los últimos espasmos del clímax. Solo cuando mis respiraciones empezaron a ralentizarse, cuando mi cuerpo se relajó bajo el suyo, Adrián finalmente cedió. Con un gruñido gutural, retrocedió sus caderas antes de embestir de nuevo, esta vez con una fuerza brutal, como si hubiera estado conteniendo un huracán. —¡Ah, sí! —gemí, mis uñas volviendo a clavarse en su piel, mis piernas enredándose alrededor de su cintura—. ¡Por fin, maldita sea! —Joder como me pones—dijo entre dientes, su ritmo volviéndose salvaje, cada embestida más profunda, más desesperada que la anterior— Justo un momento después él llegó a su clímax y se tumbó al lado mía. -Te juro que lo que te quiero ahora mismo debería ser ilegal- me dijo. Una sensación de satisfacción recorrió mi cuerpo. -Deberíamos ducharnos- dije, levantándome de la cama, cogiendo un tanga y una camiseta suya y dirigiéndome al baño. -Voy enseguida- dijo el, tumbado y rendido en la cama.






