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Después de pasar límites

Salimos de la ducha riéndonos, todavía con el vapor flotando por el baño, y me envolvió en una toalla grande antes de secarse él mismo. La sensación de piel mojada y cálida se mezclaba con la electricidad que aún recorría mi cuerpo; había algo en compartir algo tan simple, tan cotidiano, que se sentía cargado de intimidad.

Cuando nos secamos y nos pusimos ropa cómoda, nos miramos por un instante, sonriendo con complicidad. No hacía falta hablar. Todo lo que habíamos compartido seguía en el aire, palpable en la manera en que nos movíamos, en cómo nos buscábamos con la mirada, en cómo nuestros dedos se rozaban casi sin querer.

Entramos en la habitación y nos acomodamos en la cama. La manta estaba suave y ligera, y él se tumbó a mi lado, invitándome con un gesto a recostar mi cabeza sobre su pecho. Sin pensarlo, me acomodé allí, sintiendo el calor de su cuerpo y el latido de su corazón. Era imposible no relajarse.

—Quédate —susurró, apartando suavemente un mechón de mi rostro con los dedos—. Quédate a dormir.

Mi corazón dio un vuelco. La manera en que lo decía era calmada, natural, como si fuera lo más normal del mundo que yo permaneciera allí. Asentí en silencio y cerré los ojos un momento, dejándome llevar por la sensación de seguridad que me envolvía.

Nos quedamos así un rato, escuchando el silencio cálido de la habitación. La electricidad de antes seguía presente, pero ahora mezclada con ternura y tranquilidad. Sus dedos recorrían suavemente mi cabello, apartando mechones de mi cara, mientras su brazo me abrazaba con firmeza y cuidado.

—Podemos ver algo —dijo después, señalando el portátil que habíamos dejado en la mesita de noche—. Nada complicado, solo para relajarnos un poco.

Asentí y él lo encendió. La luz de la pantalla iluminó suavemente la habitación, y elegimos una película ligera, sin muchas pretensiones. Nos acurrucamos bajo la manta, cuerpo contra cuerpo, y él ajustó su abrazo para que me sintiera cómoda. Mi cabeza estaba apoyada en su pecho, mis manos descansaban sobre su brazo, y él dejaba que mis dedos se entrelazaran con los suyos.

Al principio nos concentramos en la película, comentando de vez en cuando algo gracioso o absurdo de las escenas, riéndonos suavemente sin apartarnos. Pero pronto los comentarios se mezclaron con miradas, sonrisas y pequeñas caricias: rozó mi mejilla con su mano, apartó otro mechón de mi cabello, apoyó la frente contra mi cabeza… pequeños gestos que decían más que cualquier palabra.

—Hoy ha sido… intenso —susurré, apoyando la cabeza contra su pecho y escuchando cómo su corazón latía bajo mi oído.

—Sí —respondió, besando suavemente mi cabeza—. Pero me gusta así. Contigo, todo tiene sentido, incluso lo inesperado.

Sonreí, dejando que mis dedos acariciaran su brazo. Habíamos cruzado límites, sí, pero ahora todo se sentía natural, cálido, seguro. No había prisas ni presión, solo la certeza de que estábamos ahí, juntos, disfrutando del momento.

Cada vez que la película avanzaba, nuestras manos se movían de manera inconsciente: sus dedos jugando con los míos, mis manos recorriendo su brazo y su hombro. Cada roce nos hacía sonreír, sin necesidad de palabras, y la cercanía nos envolvía como una burbuja.

—Eres increíble —susurró contra mi cabello, y yo reí suavemente, sintiendo que mi corazón se aceleraba de nuevo.

—Tú también —le respondí, dejando que mi cabeza descansara más cerca de su pecho.

Nos recostamos un poco más, él ajustando la manta para cubrirnos mejor a ambos, y me acomodé completamente contra él, apoyando la mejilla en su pecho y dejando que sus brazos me abrazaran con firmeza pero sin apretar. La sensación de su calor, su respiración, y la suavidad de sus movimientos me hacían sentir segura, querida, completa.

De vez en cuando, él apartaba un mechón de mi cabello de mi cara y me miraba, con esa intensidad tranquila que siempre me dejaba sin palabras. No hacía falta hablar; todo estaba en los gestos, en las caricias, en la manera en que se inclinaba hacia mí, ajustando su abrazo, buscando la mejor posición para que me sintiera cómoda.

—Nunca pensé que algo tan simple pudiera sentirse tan… perfecto —susurré, apoyando mi rostro contra su pecho y cerrando los ojos un momento para saborear la sensación.

—Yo tampoco —respondió, dejando un beso suave en la parte superior de mi cabeza—. Pero contigo, todo es diferente. Más real, más cálido.

Y así continuamos viendo la película, comentando escenas de vez en cuando, riéndonos, susurrando cosas al oído del otro, y dejándonos llevar por la cercanía. Cada contacto, cada roce, cada mirada compartida reforzaba lo que sentíamos: que estábamos construyendo algo más profundo que cualquier límite físico que hubiéramos cruzado.

El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta, entre risas, silencios cómodos, y esa sensación de intimidad que solo surge cuando estás con alguien con quien realmente conectas. Y mientras la película avanzaba, yo sabía que ese momento se quedaría grabado en mi memoria: la sensación de su piel, el calor de su abrazo, la suavidad de sus caricias, y la certeza de que quería quedarme ahí, con él, todo el tiempo que pudiera.

Finalmente, cuando la película terminó, seguimos abrazados, sin movernos demasiado, disfrutando de la calma y del silencio compartido. Su mano seguía jugando suavemente con mi cabello, apartando mechones de mi rostro, y yo apoyaba mi cabeza en su pecho, sintiendo que todo estaba bien, que no necesitaba nada más.

—Quédate —susurró otra vez, como reafirmando lo que ya sabíamos sin decirlo—. No hace falta moverse todavía. Solo tú y yo.

Asentí, sonriendo, cerrando los ojos un momento y dejando que la calidez, la ternura y el cariño que nos rodeaba me envolvieran por completo. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente en casa, en paz, y segura.

Y mientras él me abrazaba, y la luz de la pantalla se apagaba poco a poco, supe que ese domingo, esa noche, ese momento, sería uno de los que recordaría siempre. La intimidad no estaba en lo que habíamos hecho, sino en cómo nos sentíamos juntos, en el silencio, en las risas, en las caricias, y en la certeza de que todo lo que estaba por venir, lo viviríamos juntos.

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