Salimos de la ducha riéndonos, todavía con el vapor flotando por el baño, y me envolvió en una toalla grande antes de secarse él mismo. La sensación de piel mojada y cálida se mezclaba con la electricidad que aún recorría mi cuerpo; había algo en compartir algo tan simple, tan cotidiano, que se sentía cargado de intimidad.
Cuando nos secamos y nos pusimos ropa cómoda, nos miramos por un instante, sonriendo con complicidad. No hacía falta hablar. Todo lo que habíamos compartido seguía en el aire