Mundo ficciónIniciar sesiónMe desperté sintiéndome extraña, con un malestar que no sabía muy bien cómo describir. Era un martes normal y soleado, pero mi cuerpo parecía estar en desacuerdo con la normalidad del día. Había decidido pedir el día libre; apenas había trabajado un par de días seguidos y necesitaba descansar. Él estaba trabajando, y yo me había quedado sola en su casa con el cachorro, intentando acomodarme y comprender lo que sentía.
Me incorporé lentamente, notando un dolor sordo en el pecho y un leve mareo que no podía ignorar: llevaba días sintiéndome diferente. La regla no había llegado, y cada movimiento me hacía sentir punzadas extrañas que me obligaban a detenerme un momento para respirar. Con un suspiro, decidí que no podía seguir así, que necesitaba saber qué estaba pasando. —Bueno… —susurré para mí misma, mientras me levantaba de la cama y me acercaba a la ventana—. Vamos a ver qué pasa. El cachorro me seguía saltando alrededor, como si percibiera que algo importante estaba por suceder. Sonreí levemente, acariciándole la cabeza mientras me dirigía hacia la farmacia. Caminé despacio, sintiendo cómo mi cuerpo enviaba señales que no podía ignorar. Llegué y cogí un par de test de embarazo; uno para hoy mismo y otro de repuesto, por si necesitaba confirmarlo. Al volver a casa, con el sol filtrándose por las ventanas, cerré la puerta tras de mí y me apoyé contra ella un momento, respirando hondo. La idea de hacerme la prueba me ponía nerviosa, un hormigueo constante en el estómago que me recordaba que mi vida estaba a punto de cambiar. —Vamos a ver… —susurré, sentándome en el baño y colocando todo frente a mí—. Esto es solo un paso, solo la verdad. El test se hizo rápido, y mientras esperaba el resultado, mis manos temblaban ligeramente. Cada segundo parecía eterno, y los pensamientos se agolpaban en mi cabeza: ¿Y si sale positivo? ¿Estoy lista para esto? ¿Y él? ¿Cómo se lo voy a decir? Cuando los dos rayitas aparecieron, no pude evitar soltar un pequeño jadeo. Positivo. Todo positivo. Me quedé allí sentada, con el test entre las manos, sintiendo cómo el mundo se movía a mi alrededor mientras yo estaba completamente fija en ese pequeño papel que acababa de cambiar mi vida. Mis ojos se llenaron de lágrimas, no por tristeza ni por alegría inmediata, sino por la intensidad de todo lo que estaba sintiendo en ese instante. —Esto es… real —susurré, apoyándome contra la pared del baño—. No es un sueño, no es un error… es real. El cachorro saltó sobre la puerta, como si quisiera participar de alguna manera, y lo acaricié, intentando calmar mi mente que no dejaba de girar en círculos. Cada pensamiento llevaba a otro: si el bebé es bueno, si es pronto, si tenemos que cambiar algo, si estoy lista para esto, si él lo estará, si lo que sentimos como pareja es suficiente para asumirlo… Me senté en la cama, dejando el test sobre la mesita de noche, y me tapé el rostro con las manos, respirando hondo. El silencio de la casa me envolvía, y al mismo tiempo, cada pequeño sonido —el ladrido del cachorro, el viento moviendo las cortinas, los pájaros fuera— parecía recordarme que mi vida estaba a punto de transformarse por completo. —Tengo que pensar bien —susurré, dejando escapar un suspiro largo—. No puedo precipitarme, pero tampoco puedo ignorarlo. Esto es real, y tenemos que afrontarlo. Me recosté, abrazando el test y dejando que los pensamientos fluyeran, dejando que las emociones me atravesaran sin intentar controlarlas del todo. Imaginé cómo sería decírselo a él: su sorpresa, su abrazo, su manera de sostenerme y decirme que todo estaría bien. Me pregunté si debía esperar un poco, o si era mejor contárselo cuanto antes, y cómo reaccionaríamos los dos cuando supiéramos que éramos responsables de una vida que no estaba solo en nuestras manos. Cada escenario en mi mente se repetía una y otra vez, cada palabra que podría decir, cada gesto que podría hacer, cada reacción que podría tener. Todo era abrumador y hermoso al mismo tiempo. La idea de un bebé con él, con nosotros dos juntos, me llenaba de una mezcla de miedo y esperanza que no podía separar. Me incorporé y caminé hacia la cocina, tomando un vaso de agua mientras miraba al cachorro. Esto va a cambiarlo todo, pero también… puede ser perfecto, pensé. La responsabilidad me asustaba, sí, pero también sentí una fuerza interior que no sabía que tenía. Era como si cada célula de mi cuerpo me dijera que estaba lista para enfrentar esto, aunque el miedo siempre estuviera presente. Me senté nuevamente, abrazando mis rodillas y mirando el test con una mezcla de incredulidad y determinación. Tengo que planear cómo se lo diré, cómo vamos a organizarlo, cómo vamos a mantenernos fuertes juntos. Cada pensamiento me llevaba a otro: la casa, el trabajo, nuestras familias, nuestra relación… todo iba a necesitar ajustes, conversaciones profundas, decisiones importantes. Pero a pesar de todo eso, en lo más profundo de mi corazón, sentí que no quería enfrentar esto sola. Él estaba trabajando, pero sentía su presencia incluso en silencio, su apoyo invisible que me daba coraje. Cada respiración que tomaba me recordaba que nuestra vida estaba cambiando, y que a partir de ese momento, nada volvería a ser como antes. —Lo vamos a hacer funcionar —susurré finalmente, con una mezcla de miedo, amor y determinación—. Porque tenemos que hacerlo… y porque quiero que lo hagamos juntos.






