Mundo ficciónIniciar sesión~Perspectiva de Adrián~
Abrí la puerta de casa y un silencio extraño me dio la bienvenida. No era el silencio habitual; era un silencio lleno de pensamientos, de tensión contenida. El cachorro estaba ahí, corriendo hacia mí un instante, ladrando feliz, y luego volvió a su rincón. Yo dejé el abrigo colgado y me quité los zapatos, notando que algo en el aire había cambiado, aunque no podía decir qué. Me dirigí hacia la cocina, y allí la vi. Lara estaba sentada en la silla, encorvada ligeramente, con los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza descansando sobre las manos. Sus ojos no estaban fijos en nada visible; parecía que su mente estaba en otro lugar, muy lejos de mí. En su mano, que sostenía temblorosa, reconocí el test de embarazo. Mi respiración se volvió más lenta, tratando de no alterarla. No sabía qué decir ni cómo acercarme, así que simplemente me detuve un paso antes de llegar a ella y la observé. Cada detalle de su postura me decía que estaba pensando demasiado, que cada pensamiento la estaba atrapando en un remolino de emociones que todavía no había compartido con nadie. —Hola… —dije suavemente, dejando que mi voz se filtrara en la habitación sin romper el silencio por completo. Ella no se movió al principio, y yo me quedé allí, sin acercarme demasiado, respetando su espacio. Cuando levantó la mirada, vi algo en sus ojos que me dejó sin aliento: miedo, incertidumbre, un atisbo de maravilla y… sorpresa. El test estaba entre sus dedos, casi como si temiera que al soltarlo todo se derrumbara. —Lara… —susurré, dando un paso más cerca—. ¿Estás bien? Ella dejó escapar un pequeño suspiro, bajando de nuevo la mirada. Su mano temblaba ligeramente mientras sostenía el test. Podía ver que algo en ella estaba cambiando, algo que no se había atrevido a decir en voz alta. Yo permanecí allí, firme pero tranquilo, con la intención de hacerle sentir que no tenía que enfrentarlo sola. —No… no es nada —dijo finalmente, con la voz quebrada pero tratando de mantener la calma—. Solo estoy pensando. Me senté frente a ella, lo más cerca que podía sin invadirla, y la observé. Quería decirle que todo iba a estar bien, que lo resolveríamos juntos, pero al mismo tiempo no quería presionarla. Cada respiración que tomaba parecía un hilo invisible que nos conectaba, aunque ella todavía no me lo había contado. —Puedes hablar conmigo —susurré—. No tienes que hacerlo sola, ¿sabes? Ella cerró los ojos un instante y luego los abrió, con una mezcla de miedo y esperanza en la mirada. Sus dedos jugueteaban con el test, como si tratara de tomar valor solo con el contacto. No dijo nada, y yo no insistí. A veces, lo más importante era simplemente estar allí, esperando, respirando juntos, dejando que el tiempo hiciera lo suyo. Me incliné ligeramente hacia ella, y apoyé mi mano suavemente sobre la mesa, cerca de la suya. No quería tocarla sin permiso, pero necesitaba que supiera que estaba presente, que no iba a irme, que no la iba a dejar enfrentar lo que fuera sola. —No importa lo que sea —dije suavemente—. Estamos juntos, y eso es lo que cuenta. Ella abrió los ojos lentamente, mirándome, y pude ver cómo los pensamientos seguían girando en su mente. Pude adivinar fragmentos: ¿Será demasiado pronto? ¿Qué vamos a hacer? ¿Podemos con esto? Pero también podía ver algo más, algo que me dio un vuelco en el corazón: una mezcla de amor, de conexión, de… confianza en nosotros. —No… no sé qué decir —murmuró, con un hilo de voz—. Es… todo tan inesperado. —No tienes que decir nada ahora —respondí, manteniendo la calma—. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Que pase lo que pase, lo hacemos juntos. El cachorro saltó sobre la silla de Lara, buscando atención, y ella lo acarició distraídamente, como si eso la ayudara a volver un poco al presente. Yo me incliné un poco más, observando cómo cada gesto suyo me decía más que cualquier palabra. Cada respiración, cada movimiento de sus manos, cada pestañeo… todo era un lenguaje silencioso que me contaba que algo grande estaba sucediendo, algo que cambiaría nuestras vidas. —Si quieres… podemos sentarnos juntos, tranquilamente —susurré—. Podemos hablar cuando tú quieras, o simplemente quedarnos así un rato. Ella asintió apenas, con la cabeza baja, y yo me acomodé a su lado. El sol de la mañana entraba por la ventana, iluminando su cabello y sus manos temblorosas, y sentí un deseo inmenso de protegerla, de abrazarla y no dejar que nada ni nadie le causara miedo. —Te prometo que todo estará bien —dije, más para mí que para ella—. Lo resolveremos. Juntos. Ella levantó los ojos, y por primera vez vi un atisbo de alivio mezclado con todo lo que todavía no se había atrevido a verbalizar. Pude notar cómo su corazón latía acelerado, cómo sus pensamientos seguían girando, y aún así, había un pequeño espacio para confiar en mí. Para confiar en nosotros. Me quedé allí, en silencio, observándola mientras el cachorro se acurrucaba a nuestros pies. No era necesario hablar, porque el silencio también podía ser nuestra conversación. Cada segundo juntos reforzaba la conexión que teníamos, y yo sentí que, aunque no sabía lo que venía, estaba listo para acompañarla, sostenerla y enfrentar lo que fuera, mientras ella se preparaba para dar ese gran paso que cambiaría nuestras vidas para siempre. Me quedé sentado frente a ella, notando cada pequeño movimiento, cada respiración contenida. El silencio llenaba la cocina, pero no era incómodo; era pesado de expectación, como si el aire mismo supiera que algo estaba por revelarse. El cachorro dormitaba a nuestros pies, y por un momento incluso él parecía percibir que algo había cambiado. Ella no decía nada, solo jugaba con el test en sus manos, girándolo lentamente, observando cada detalle como si pudiera leer allí todas las respuestas que buscaba. Podía ver cómo sus dedos temblaban apenas, cómo su mirada se perdía entre la mesa y sus pensamientos. Era fascinante y aterrador al mismo tiempo. Todo en su postura me decía que estaba procesando algo grande, algo que yo aún no podía comprender completamente. —Lara… —susurré suavemente, inclinándome un poco hacia ella, intentando hacerle sentir que no estaba sola—. Puedes decirme lo que sea. Ella no levantó la mirada, pero su respiración se volvió más profunda, más pausada. Podía notar cómo luchaba contra sí misma, cómo cada pensamiento la empujaba y la contenía al mismo tiempo. Mi corazón se aceleró ligeramente, no por miedo, sino por esa sensación de tensión que crecía en la habitación, como un hilo invisible que nos conectaba y nos mantenía en suspenso. Finalmente, sin decir nada, giró lentamente el test hacia mí. No hizo falta que hablara. Cuando lo vi, el color rosa de las dos rayitas fue suficiente. Positivo. Todo positivo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y por un instante todo se detuvo. No había palabras que pudieran describir lo que sentí: sorpresa, emoción, miedo, responsabilidad, ternura… todo mezclado en un solo golpe de realidad. La miré a los ojos, buscando cualquier indicio de cómo se sentía ella al respecto. —Wow —susurré, con la voz más baja de lo que hubiera imaginado—. Esto… esto es real. Ella bajó la mirada, sosteniendo el test cerca de su pecho, como si necesitara sentir que no estaba soñando. Podía ver cómo cada fibra de su cuerpo estaba concentrada en ese momento, cómo cada pensamiento la llevaba a un millón de escenarios distintos. No necesitaba palabras para saber que estaba pensando en nosotros, en nuestra relación, en su vida, en el bebé. —Lo sé —murmuró, casi para sí misma—. No sé cómo… cómo vamos a hacerlo funcionar… Yo me incliné un poco más, intentando transmitirle seguridad sin invadir su espacio. Tomé aire y dije con cuidado: —No estamos solos, Lara. No importa lo que venga, vamos a hacerlo juntos. Ella levantó los ojos por un instante, y pude ver una mezcla de miedo y alivio en su mirada. El test todavía estaba entre sus dedos, y la tensión que irradiaba era palpable. Podía sentir que cada segundo que pasaba allí, ella estaba construyendo mentalmente todos los planes, todas las posibles soluciones, todas las formas de enfrentar lo que acabábamos de descubrir. —Es solo que… es mucho —murmuró, jugando con el test, girándolo de nuevo como si necesitara confirmarlo por tercera vez—. No es que no quiera… es que no sé cómo será… —Lo sé —dije suavemente—. Pero no tienes que resolverlo todo ahora. Solo respira. Solo déjalo ser por un momento. El cachorro, como si percibiera nuestra tensión, se acurrucó más cerca de nosotros, y Lara lo acarició distraídamente, apoyando la cabeza en mis piernas por un segundo. Fue un gesto sutil, casi imperceptible, pero me habló más que cualquier palabra. Me decía que confiaba en mí, aunque aún estuviera asustada. —Tenemos tiempo para pensar —continué—. Podemos planear, decidir… y sobre todo, podemos apoyarnos. Siempre. Ella asintió apenas, y pude ver cómo su cuerpo se relajaba un poco. Sus hombros dejaron de estar tensos, y el rostro se suavizó. Aunque seguía temerosa, había un hilo de calma que empezaba a surgir, como si de repente se diera cuenta de que no tenía que enfrentarlo sola. Miré el test de nuevo, luego a ella, y sentí que todo mi ser quería abrazarla, protegerla, decirle que todo estaría bien. Pero también sabía que debía respetar su espacio, dejar que ella procesara la noticia a su ritmo, mientras yo simplemente estaba allí, disponible, presente, firme. —Sabes —dije con cuidado, dejando que mi voz fuera solo un susurro—. Esto cambia todo, sí… pero también puede ser lo mejor que nos haya pasado. Ella cerró los ojos un momento, respirando hondo. Podía ver cómo cada pensamiento giraba, cómo evaluaba todas las posibilidades, cómo sentía miedo y esperanza al mismo tiempo. Luego me miró, y sus ojos brillaban con algo que yo no había visto antes: una mezcla de amor, vulnerabilidad y decisión. —No sé cómo explicarlo —murmuró—, pero… quiero que lo hagamos juntos. Sentí que algo dentro de mí se desbloqueaba, un alivio mezclado con emoción y determinación. No había palabras suficientes para describir lo que sentí, solo la certeza de que lo enfrentaríamos juntos. Me incliné hacia ella, apoyando suavemente mi mano cerca de la suya, sin tocarla aún, solo como un recordatorio de que no estaba sola. El silencio volvió a la cocina, pero esta vez era distinto: lleno de promesas, de posibilidades, de un futuro que todavía no sabíamos cómo sería, pero que ya comenzaba a tomar forma entre nosotros. —Juntos —susurré finalmente, como si fuera un pacto silencioso entre los dos—. Lo hacemos juntos. Ella asintió de nuevo, dejando que el test descansara sobre la mesa, y por un instante, la cocina se llenó de algo que no era miedo ni incertidumbre, sino una extraña mezcla de amor, protección y esperanza.






