Era un sábado por la mañana y yo estaba en casa, terminando de revisar unos papeles pendientes del trabajo, cuando sonó su timbre. Abrí la puerta y lo vi allí, con esa sonrisa que me hacía sentir como si el mundo entero desapareciera cuando estaba cerca.
—Buenos días, Lara —dijo—. Ponte cómoda… bueno, cómoda pero arreglada, porque hoy te voy a llevar a un sitio especial.
—¿Especial? —pregunté, sorprendida mientras él me ofrecía su brazo—. ¿Pero… sorpresa?
—Sorpresa —confirmó, guiándome hacia su