La cita

Era un sábado por la mañana y yo estaba en casa, terminando de revisar unos papeles pendientes del trabajo, cuando sonó su timbre. Abrí la puerta y lo vi allí, con esa sonrisa que me hacía sentir como si el mundo entero desapareciera cuando estaba cerca.

—Buenos días, Lara —dijo—. Ponte cómoda… bueno, cómoda pero arreglada, porque hoy te voy a llevar a un sitio especial.

—¿Especial? —pregunté, sorprendida mientras él me ofrecía su brazo—. ¿Pero… sorpresa?

—Sorpresa —confirmó, guiándome hacia su coche—. Solo confía en mí.

Mientras conducíamos, mi curiosidad crecía con cada kilómetro. El aire estaba fresco, el sol brillaba y él no dejaba de mirarme de reojo, como si disfrutara mi intriga.

—No voy a preguntar —dije finalmente, cruzando los brazos y sonriendo—. Pero espero que valga la pena.

—Lo hará —respondió él, sonriendo, sin soltar mi mano ni por un segundo—. Confía en mí, todo va a salir perfecto.

Llegamos a un pequeño restaurante al aire libre, escondido entre árboles y luces cálidas, con mesas que parecían diseñadas solo para nosotros. Había música suave de fondo, el aroma de la comida llenaba el aire y la sensación de intimidad era inmediata.

—Vaya… —susurré, impresionada—. Esto es… precioso.

—Me alegra que te guste —dijo él, tomando mi mano y guiándome hasta la mesa—. Quería que tuviéramos un momento solo nosotros dos, sin interrupciones, solo disfrutar de la tarde.

Nos sentamos, pedimos algo ligero para comer y él empezó a hablar, no de cosas triviales, sino de temas que rara vez tocábamos: el futuro, la vida y… dinero.

—Mira —dijo él, con esa seriedad que podía ser intimidante pero que se suavizaba con su sonrisa—. Sé que hay una gran diferencia entre tú y yo en cuanto a trabajo y dinero. Tú trabajas duro en la oficina y yo… bueno, soy el CEO de la empresa.

Me reí suavemente, sintiendo un ligero rubor.

—Sí… lo sé —dije—. Pero no me siento intimidada. Solo… me hace pensar en lo que significa todo esto.

—No quiero que pienses que estoy aquí por obligación o porque sea fácil —dijo él—. Quiero que estemos juntos porque queremos estar, no por lo que cada uno tiene. Y también quiero que seas consciente de que… aunque mi vida sea diferente, no cambia lo que siento por ti.

Me miró fijamente, y no podía evitar sentir que sus palabras eran sinceras y que no había pretensión alguna. Tomé un sorbo de mi bebida, intentando organizar mis pensamientos.

—Gracias —dije finalmente—. Lo aprecio, de verdad. Y creo que también me gusta que seamos diferentes. Me hace sentir que… tenemos espacio para aprender el uno del otro, para crecer juntos.

—Exacto —dijo él, sonriendo ampliamente—. Eso es justo lo que quiero. Que crezcamos juntos, aprendiendo de nuestras diferencias, apoyándonos y disfrutando de todo lo que la vida nos dé.

Durante la comida, hablamos de anécdotas de trabajo, de cómo habíamos empezado en la empresa y de cómo se había sentido él en su posición de CEO. También compartí historias mías de oficina, de los problemas y alegrías del día a día. La conversación fluía, divertida y natural, y nos reíamos con cada comentario, aunque no dejaba de sentir cierta mezcla de nervios y emoción por la sinceridad de sus palabras.

—¿Y crees que alguna vez podré acostumbrarme a esto? —pregunté, señalando de manera juguetona el restaurante, la atención discreta del personal y el ambiente elegante—. Es… diferente de lo que estoy acostumbrada.

—No tienes que acostumbrarte a nada —dijo él, acercando su mano para tocar suavemente la mía—. Solo sé tú misma, eso es suficiente para mí. Y cualquier cosa más… lo haremos juntos.

Después de comer, él me tomó del brazo y me llevó a caminar por un pequeño sendero detrás del restaurante, rodeado de árboles y luces colgantes. Cada paso que daba a su lado, con el sol dorado filtrándose entre las hojas, me hacía sentir más cerca de él, más segura de lo que teníamos.

—Me encanta que estemos solos —dije—. Así podemos hablar de todo, sin filtros, sin prisas.

—Sí —dijo él, acercándome más, sin que fuera demasiado evidente, pero lo suficiente para que lo sintiera—. Y me gusta que podamos hablar de cosas importantes, como el futuro, sin miedo a juzgarnos.

El cachorro que había traído hace unos días corría alegremente a nuestro lado, como si también aprobara nuestra cita sorpresa. Cada vez que lo veía, me recordaba lo mucho que él pensaba en mí y en cómo cuidar de nosotros dos, incluso en los detalles más pequeños.

—Sabes —dije, acariciando al cachorro mientras él me observaba—. Esto es perfecto, aunque a veces me siento… pequeña en comparación contigo.

—Nunca pequeña —dijo él, sonriendo y apartando un mechón de mi cabello—. Eres grande en todo lo que importa. Eres fuerte, decidida, y eso vale más que cualquier posición o dinero.

Me ruboricé, sintiendo un calor agradable recorrerme. Todo lo que decía, lo decía de manera natural, sincera, y me hacía sentir que realmente me veía, no como la empleada de oficina que era, sino como la mujer que estaba a su lado.

—Gracias —susurré, apoyando mi frente en su hombro mientras caminábamos—. Me haces sentir… increíble.

—Porque lo eres —dijo él, apretando suavemente mi mano—. Y quiero que siempre lo sientas así.

Mientras paseábamos, seguimos hablando de planes, de sueños, de lugares que queríamos visitar, y hasta de cómo imaginábamos nuestras futuras vacaciones o una casa juntos. La cita sorpresa no solo era romántica, sino también un espacio donde ambos podíamos abrirnos, sin miedo, compartiendo lo que realmente queríamos de la vida y del otro.

Al final, nos sentamos en un banco pequeño bajo un árbol iluminado por luces cálidas, con el cachorro acurrucado entre nuestras piernas. Él me abrazó por detrás, y yo apoyé mi cabeza en su pecho.

—Sabes —dijo, suavemente—. No quiero que nada cambie entre nosotros. Ni el trabajo, ni las diferencias, ni nada. Solo quiero que sigamos así, juntos.

—Y lo haremos —susurré—. Juntos, siempre.

Nos quedamos en silencio un momento, disfrutando del calor de nuestros cuerpos, del cachorro acurrucado y de la sensación de que, a pesar de cualquier diferencia, lo nuestro era real, fuerte y sincero. La cita sorpresa había cumplido su objetivo: no solo pasar un tiempo especial juntos, sino reafirmar que nuestra relación podía superar cualquier barrera, incluso la distancia entre nuestras vidas profesionales.

El domingo terminó con una sensación de calma y satisfacción que todavía flotaba en el aire mientras nos preparábamos para la semana que comenzaba.

Aunque la cita sorpresa había sido perfecta y nuestros corazones se sentían alineados, había algo en el fondo de mi mente que no podía ignorar: la vuelta a la oficina. Esa misma semana, solo unos días después, tendríamos que enfrentarnos a la rutina laboral, pero ahora con un secreto que nos unía de manera más íntima y profunda.

En el camino de vuelta, él conducía con esa calma característica, mientras yo miraba por la ventana, pensando en cómo haríamos para que todo pareciera normal. Era un dilema curioso: no queríamos ocultarlo, pero tampoco queríamos que todo el mundo supiera antes de tiempo. Habíamos pasado de ser jefa y empleada a algo más, algo personal, y eso podía generar comentarios, rumores o miradas incómodas si no manejábamos la situación con cuidado.

—¿Estás pensando en la oficina? —preguntó él, notando mi silencio y sonriéndome con complicidad.

—Sí… —respondí, encogiéndome de hombros—. No sé cómo vamos a actuar allí. No quiero que sea raro ni incómodo.

Él asintió, pensativo, y tomó un respiro profundo.

—Lo sé. Pero no tenemos que hacerlo complicado. No necesitamos anunciarlo ni dar explicaciones. Solo… estar juntos cuando podamos, discretamente, y mantener todo natural.

—Natural… —repití, mordiéndome el labio—. Suena fácil, pero sabes que todos van a notar algo.

—Sí, pero podemos usar nuestra rutina a nuestro favor —dijo él, sonriendo—. Mira, somos adultos, podemos comportarnos con normalidad. Si mantenemos nuestra cercanía sin exagerar, nadie se dará cuenta de que hay algo más, y al mismo tiempo, nosotros disfrutaremos de nuestra relación.

Asentí, sintiendo cómo su seguridad me tranquilizaba. Él siempre parecía saber cómo hacer que las situaciones complicadas parecieran simples. Además, después de todo lo que habíamos compartido esa semana, sentí que podíamos manejar cualquier cosa juntos.

—Entonces, cuando lleguemos, ¿simplemente actuamos como siempre? —pregunté, mirando de reojo su sonrisa confiada.

—Exactamente —dijo, guiñándome un ojo—. Nada de gestos exagerados, nada de miradas que delaten demasiado… pero tampoco nos vamos a alejar. Solo ser nosotros mismos. Eso es suficiente.

El lunes por la mañana llegó rápido, y la sensación de nerviosismo se mezclaba con emoción mientras nos acercábamos a la oficina.

Aparcamos casi al mismo tiempo y caminamos juntos hacia la entrada, intentando que nuestras manos no se tocaran demasiado para no atraer miradas, pero apenas nos separábamos, la tensión de saber que éramos novios empezaba a sentirse.

—Respira —susurró él mientras esperábamos el ascensor—. Todo va a salir bien.

—Lo sé… pero aún así —dije, ajustándome la chaqueta y tratando de mantener la compostura—. Es raro pensar que todos van a notar algo diferente.

—Solo actúa como siempre —dijo él, con una sonrisa tranquilizadora—. Nada ha cambiado más que lo que sentimos tú y yo. Los demás seguirán con su rutina, y nosotros con la nuestra.

El ascensor subió y, a medida que nos acercábamos a nuestro piso, sentí cómo mi corazón latía con fuerza. ¿Cómo sería nuestra primera conversación compartida en la oficina después de todos esos días de citas, risas y momentos personales? Era imposible no preguntárselo, y al mismo tiempo, emocionante.

—¿Y si alguien pregunta algo? —pregunté finalmente, bajando la mirada—. ¿Qué decimos?

—Lo que siempre hemos dicho: nada especial. No tenemos que inventar nada —respondió él, tomando suavemente mi brazo y apretándolo apenas, como para darme seguridad—. Si nos preguntan directamente, podemos decir que hemos decidido darnos tiempo juntos fuera del trabajo, y que todo sigue igual aquí. Pero nadie necesita saber más que eso.

Asentí, sintiendo que eso era suficiente. No queríamos dramas ni explicaciones largas. Solo queríamos que nuestra relación fluyera de manera natural, y por primera vez desde que nos conocíamos, sentí que podíamos lograrlo sin complicaciones.

—Entonces… —susurré, mirando cómo ajustaba su corbata y enderezaba la chaqueta—. Esto será como un pequeño secreto entre nosotros en la oficina. Nadie lo notará si lo hacemos bien.

—Exactamente —dijo, sonriendo—. Y lo mejor de todo es que podemos disfrutarlo, aunque sea en pequeños momentos: un café compartido, una conversación rápida, una sonrisa cómplice…

Entramos en la oficina, y de inmediato la rutina nos absorbió. Todos estaban concentrados en sus tareas, y por un momento me sentí aliviada: nada parecía diferente desde fuera. Él caminaba a mi lado con naturalidad, y yo lo seguía, intentando mantener la compostura mientras mi corazón seguía latiendo con fuerza.

A medida que nos instalábamos en nuestras mesas y saludábamos a algunos compañeros, me di cuenta de algo importante: no necesitábamos demostrar nada. La relación que teníamos era nuestra, y eso era suficiente. Cada gesto, cada mirada discreta, cada sonrisa cómplice sería un recordatorio de lo que compartíamos, sin necesidad de que nadie más lo supiera.

—Sabes… —susurró él mientras nos servíamos café—. Esto es más fácil de lo que pensaba. Solo hay que mantener la calma y disfrutar.

—Sí… y también es emocionante —dije, sonriendo mientras levantaba la taza—. Como si tuviéramos un pequeño mundo solo para nosotros dentro de la oficina.

—Exacto —respondió él, apoyando su mano sobre la mía apenas por un instante—. Nadie tiene que enterarse de nada… y aún así, podemos sentirnos cerca.

Durante toda la mañana, trabajamos codo con codo, intercambiando comentarios discretos, pequeñas sonrisas y miradas que nadie más notaba. Era increíble cómo un gesto mínimo podía tener tanto significado: un roce de manos al pasar, una mirada compartida, un susurro apenas audible al lado del escritorio. Todo formaba parte de nuestro mundo secreto, un lugar seguro dentro de la rutina de la oficina.

Al mediodía, mientras tomábamos un café juntos, él me miró con una sonrisa suave y dijo:

—¿Ves? No es tan complicado. Podemos ser novios sin que el mundo lo note, y aún así sentir que esto es nuestro.

—Sí… —susurré, apoyando mi cabeza en su hombro por un momento—. Me gusta. Me hace sentir que estamos creciendo juntos, aunque sea en secreto por ahora.

Él me abrazó ligeramente, y sentí que todo encajaba: nuestra relación, la rutina laboral, los momentos compartidos. Todo era posible si lo manejábamos con naturalidad y cuidado, y sobre todo, con confianza el uno en el otro.

Cuando nos levantamos para volver a nuestras tareas, lo miré y sonreí.

—Creo que podemos con esto —dije, segura—. Juntos, siempre.

—Juntos —repitió él, tomando suavemente mi mano mientras nos separábamos para continuar con nuestras obligaciones.

Y mientras nos integrábamos de nuevo en la oficina, entre llamadas, correos y reuniones, supe que habíamos encontrado la manera perfecta de equilibrar nuestra vida personal y profesional. Sin dramas, sin exageraciones, solo nosotros y nuestro pequeño mundo secreto que nos mantenía unidos, incluso en medio de la rutina diaria.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP