La casa de sus padres no era una casa.
Era una declaración de intenciones.
Ella lo pensó nada más cruzar el portón de hierro negro, cuando el coche avanzó despacio por el camino de grava blanca flanqueado de cipreses perfectamente recortados. No había ostentación vulgar, no había exceso… pero todo gritaba dinero antiguo, controlado, heredado.
—No tienes que impresionarte —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento.
Ella sonrió, apoyando una mano en la