La puerta terminó de cerrarse con un clic seco que resonó más de lo normal.
Nadie habló.
El aire se volvió espeso. El cachorro dejó de ladrar y se quedó quieto, pegado a su pierna. Ella seguía mirando la puerta como si esperara que volviera a abrirse y alguien dijera que todo era una broma de mal gusto.
No ocurrió.
—¿Alguien va a explicar qué demonios acaba de pasar? —dijo el hermano, rompiendo el silencio.
Adrián se pasó una mano por la cara. No miraba a nadie. Tampoco a ella.
—Es mentira —rep