Adrián no durmió nada esa noche. Cada minuto que pasaba era un recordatorio de su silencio, de su torpeza, de la grieta que había abierto con su indecisión. Se levantó antes del amanecer, recorrió el salón en círculos, con las manos sobre la cabeza, respirando hondo, intentando ordenar sus pensamientos. Frente a la puerta cerrada de ella, todavía podía sentir la intensidad de su mirada, la manera firme en que había dicho “No éramos nada”. Esa frase se le había quedado grabada en la piel. No era