Al día siguiente, el estudio amaneció más gris de lo habitual. No llovía, pero el cielo parecía advertirlo. Entré antes que de costumbre, todavía con la sensación de la noche anterior rondándome la cabeza.
Su oficina estaba cerrada, sin luces. Ni el abrigo colgado en la silla, ni el aroma que siempre dejaba flotando en el aire. Solo el silencio y el reflejo opaco del vidrio.
Pregunté con disimulo si ya había llegado. La asistente, sin mirarme, respondió que tenía reuniones fuera todo el día.