Capítulo 62. Café amargo
El silencio que dejó al irse fue raro. No incómodo, no triste… raro.
Como si algo de ella se hubiera quedado flotando en el aire, suspendido entre el aroma a vino y las sábanas arrugadas.
Me quedé acostado un rato más, mirando el techo, tratando de procesar la noche, la madrugada y ese beso de despedida que todavía sentía en la boca.
Era temprano, demasiado para pensar con claridad, pero igual lo hice.
Habíamos cruzado una línea. Y, curiosamente, no sentía culpa. Solo una mezcla peligrosa de ca