Capítulo 55. Volvió el muro invisible
Me quedé un rato afuera de su oficina, con los planos aún en la mano, como un idiota.
Podía verla a través del vidrio esmerilado, moviéndose con esa precisión suya, firme, serena, intocable.
Esa mujer no era la misma que se había quebrado la noche anterior. Era la otra.
La que levantaba muros imposibles y los coronaba con alambre de púas.
Esperé. No sé cuánto. Hasta que al fin respiré hondo y toqué otra vez.
—¿Qué pasa ahora, Alberti? —su voz me atravesó sin mirarme siquiera.
Tragué saliva.
—So