Capítulo 54. Lo arruiné todo
La puerta se abrió sin aviso.
—¿Gine…? —la voz de Valeria se detuvo a mitad de camino.
Nos encontró así.
Ella, hundida contra mi pecho, los ojos cerrados, todavía temblando; yo, con las manos sobre su espalda, intentando sostenerla sin decir una palabra.
El silencio fue inmediato, espeso, casi culpable.
Ginevra se separó de golpe.
Su respiración seguía agitada, pero su expresión cambió en cuestión de segundos: del desarme total a la máscara perfecta de la jefa.
—Sal de aquí —dijo, sin mirarme.