Capítulo 118. ¿Te quedas?
Después de un rato, el cuerpo empezó a volver.
No de golpe, no con urgencia. Como si la quietud también tuviera su propio cansancio.
Sentí hambre, pero no esa hambre antigua que venía con ansiedad o con vacío, sino algo mucho más físico, mucho más simple.
—Tenemos comida —dije en voz baja.
Ella levantó la cabeza apenas, como si recién se diera cuenta de dónde estaba.
—Es verdad —sonrió—. La dejamos ahí.
Nos levantamos sin prisa. Fui a buscar la bolsa, saqué los envases y los acomodé sobre la me