Capítulo 119. Las viejas costumbres.
Nos quedamos un rato más en la terraza.
El café ya se había enfriado un poco, pero ninguno de los dos parecía tener prisa por levantarse.
—¿Comemos algo antes de volver cada uno a su mundo? —propuso ella.
—Me parece una excelente idea —respondí.
Entramos en un lugar pequeño en la esquina. Nada especial: mesas de madera, un menú corto escrito con tiza en una pizarra, olor a pan tostado y a algo caliente que venía de la cocina.
Pedimos algo sencillo. Ella una ensalada tibia, yo una sopa y un sándwich. Comida de mediodía real, sin ceremonia.
Mientras esperábamos, Elena me miró de una manera un poco distinta. No incómoda. Pensativa.
—Puedo preguntarte algo —dijo.
—Claro.
—Esta noche… —empezó, y luego corrigió—. En general. ¿Te gustaría que te presente como mi novio? ¿O prefieres que esperemos un poco?
No había nervios en su voz. Había cuidado.
Como si estuviera sosteniendo algo frágil y no quisiera apretarlo.
La miré unos segundos.
Luego estiré la mano sobre la mesa y tomé la suya.
No con