Él no es malo.

Decirlo en voz alta fue liberador.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Emma sintió, por primera vez en años, que algo se le despegaba del pecho, como si hubiera llevado una piedra escondida bajo la piel y por fin la hubiera dejado caer.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Pero el alivio le duró un segundo, porque en el siguiente se estrelló con el rostro de Damián.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

La incredulidad lo tenía clavado en el lugar. La mandíbula tensa, los ojos fijos en la espalda de Emmanuel, que seguía peg
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