El silencio después de su confesión fue tan pesado que Emma sintió que la casa entera se había quedado escuchando.
No era lógico, por supuesto. Era solo un balcón, una noche fría, el murmullo lejano de Nueva York y un teléfono pegado a su oreja. Pero su cuerpo reaccionó como si acabara de firmar algo irrevocable.
La mano le tembló otra vez, esta vez no por miedo exactamente, sino por esa mezcla rara de adrenalina y rabia que te deja el pech