Ya no era la esposa sumisa.

La música de tango seguía sonando, como si el bar se negara a permitir que un apellido le robara la noche a nadie, y Emma decidió que esta vez iba a hacerle caso a la música, no al pasado.

Caleb se acercó más a su lado, todavía con esa postura contenida que se le había activado por instinto, y Emma lo notó sin necesidad de mirarlo, pero ella no había venido a Nueva York para que la cuidaran como a una porcelana rota.

—Emma, no tienes por qué seguir soportando a esa niña insolente. Si tú quieres
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