Su bebé.
Todo lo malo se diluyó en el segundo exacto en que la pantalla se encendió frente a ella.
Emma había llegado al consultorio con el cuerpo tenso, la mente todavía saturada de titulares, comentarios y estrategias, pero bastó ese destello grisáceo para que el mundo se replegara sobre sí mismo y quedara reducido a un punto diminuto… y, al mismo tiempo, inmenso.
Sintió que el mundo, por fin, dejaba de empujarla por la espalda y se quedaba quieto, como si hasta el caos necesitara guardar silencio para verla respirar.
Allí estaba.
Con nueve semanas de gestación, ya se distinguía un cuerpo diminuto, curvado, con una cabeza redonda y ese movimiento leve que parecía una promesa; no era grande, no era perfecto, pero era innegablemente real.
Y era suyo.
Su bebé.
La emoción le subió desde el estómago hasta los ojos con una rapidez que la tomó por sorpresa, porque Emma llevaba día