Su bebé.
Todo lo malo se diluyó en el segundo exacto en que la pantalla se encendió frente a ella.
Emma había llegado al consultorio con el cuerpo tenso, la mente todavía saturada de titulares, comentarios y estrategias, pero bastó ese destello grisáceo para que el mundo se replegara sobre sí mismo y quedara reducido a un punto diminuto… y, al mismo tiempo, inmenso.
Sintió que el mundo, por fin, dejaba de empujarla por la espalda y se quedaba quieto, como si hasta el caos