Emma supo de inmediato que su padre se refería a Hartley Group.
A esa silla que ahora el mundo entero observaba con lupa, esperando que la llenara con una perfección casi inhumana.
No se sentía “lista” en el sentido romántico y cinematográfico que tanto le gustaba vender a la prensa, pero sí se sentía capaz.
Había estudiado, había trabajado, había sobrevivido a un matrimonio que la apagó en silencio, sin escándalos ni testigos.
Y aun así, ahí estaba. De pie. Con el apellido materno al frente, y con un bebé latiéndole dentro, recordándole que ya no podía darse el lujo de dudar de sí misma.
—Esta noche tendremos invitados especiales —agregó Peter cuando el chofer abrió la puerta del auto.
Emma frunció el ceño, más intrigada que sorprendida. Su padre no solía anunciar nada sin motivo.
—¿Qué clase de invitados?
Peter respondió con una risita mínima, casi impercep