Olvida lo que dije.
Emma quería con todas sus fuerzas dejar de sentirse miserable al hablar de eso.
No por orgullo —aunque el orgullo también estaba ahí, siempre, como un hueso duro— sino porque se estaba cansando de vivir con el nombre de Damián Blackwood pegado a la garganta, como una espina que se activaba cada vez que alguien lo pronunciaba.
Ya no quería que le temblara el pulso al recordarlo.
Ya no quería que un “él” tuviera el pode