Olvida lo que dije.
Emma quería con todas sus fuerzas dejar de sentirse miserable al hablar de eso.
No por orgullo —aunque el orgullo también estaba ahí, siempre, como un hueso duro— sino porque se estaba cansando de vivir con el nombre de Damián Blackwood pegado a la garganta, como una espina que se activaba cada vez que alguien lo pronunciaba.
Ya no quería que le temblara el pulso al recordarlo.
Ya no quería que un “él” tuviera el poder de convertirle el día en una sombra.
No sabía cómo lo iba a lograr, pero lo iba a sacar de su mente y de su corazón… aunque le hubiera quedado un pedazo de él creciendo dentro de ella.
Y era precisamente esa contradicción la que más le dolía.
En el asiento del copiloto, Mateo la observó con ese tipo de atención que no era invasiva, pero sí insistente. Como si hubiera aprendido a leerla cuando eran adolescentes y el h