Los ojos no mienten.
La mujer frente a los ojos de Emma no era ni la sombra de la Sienna hecha pedazos que, el día anterior, había llorado desconsoladamente sobre su hombro mientras insultaba a Mateo, lo maldecía y vaciaba todo lo que llevaba por dentro hasta quedarse sin fuerzas.
No.
Hoy, los ojos de Sienna tenían un brillo especial, y su sonrisa de oreja a oreja era capaz de contagiar a cualquiera.