Sienna nunca había conducido tan rápido en su vida.
Era un verdadero milagro que no perdiera el control del auto con los nervios corriendo desbocados por su cuerpo. Cada semáforo le parecía una ofensa personal. Cada conductor lento, un enemigo. Cada minuto, una posibilidad de llegar tarde.
Llegó a la estación policial con el corazón golpeándole la garganta.
Y no sirvió de nada.
Porque des