Marco subió a su propio auto y la siguió.
Sienna condujo como si el mundo estuviera incendiándose detrás de ella.
Quizá lo estaba.
Cada segundo que pasaba le parecía una vida entera. Las manos le temblaban sobre el volante, pero no aflojó la velocidad.
Tenía que repetirse que estaba embarazada. Que no debía someterse a ese nivel de estrés. Que si la doctora la viera, probablemente la internaría solo para impedirle seguir actuando como una demente con permiso de conducir.
Pero Emma y