Te lo has perdido por muchos años.
La mañana le llegó a Emma sin delicadeza.
Un rayo de sol se coló por la rendija de las cortinas y le dio directo en el rostro, como si el día hubiera decidido despertarla a bofetadas suaves.
Abrió los ojos con esa lentitud incómoda de quien todavía está entre dos mundos… y apenas intentó incorporarse, el estómago le recordó —con una crueldad casi personal— que ya no mandaba ella sola.
Una náusea le subió como una ola.
Emma apenas alcanzó a poner los pies en el piso.
Se levantó rápido, demasiado rápido, y cruzó el cuarto a paso torpe, sosteniéndose del borde de la cómoda porque el cuerpo se le iba por delante.
Llegó al baño justo a tiempo. Se inclinó sobre el lavamanos y devolvió lo poco, o nada, que tenía en el estómago.
Le ardieron los ojos. Se le humedeció la nariz. Le temblaron los dedos apoyados