Emma realmente se había ido.
Damián despertó con la sensación de que alguien le había partido la cabeza en dos.
El dolor era punzante, como un martillo golpeándole detrás de los ojos.
Tardó unos segundos en enfocar el techo, en recordar que estaba en su habitación. Su espacio. La cama enorme, el silencio frío, la casa que compartía con Emma… y que ahora solo respiraba vacío.
Maldita sea…
Se incorporó con torpeza, apoyándose en el colchón porque el mareo era brutal, demasiado fuerte para ser una simple resaca. Él sabía beber, sabía exactamente cómo se sentía una noche de excesos.
Pero esto… esto era distinto.
Entonces sintió ese vacío raro en el estómago, como la certeza incómoda de que algo no encajaba.
Como cuando uno sabe que metió la pata, pero aún no recuerda cómo.
Apoyó un antebrazo en el colchón y se sentó con esfuerzo. Fue ahí cuando la vio.
Lydia.
Desnuda, dormida, tranquila. Ocupando un espacio que no le pertenecía.
El lado de la cama que Emma había dejado vacío, pero que seguía siendo territorio prohibi