Damián había perdido la cuenta de cuántas veces marcó el número de Emma desde que el sobre llegó a su casa.
Le marcaba una y otra vez, como quien insiste en abrir una puerta que ya sabe cerrada, aun así, cada intento llevaba escondida la esperanza ridícula que ella respondiera aunque fuera para gritarle, para decirle que lo odiaba, para colgarle en la cara… cualquier cosa que no fuera ese silencio absoluto que lo estaba consumiendo por dentro.
La pantalla devolvía lo mismo una y otra vez.
Sin señal. Buzón. Mensaje no entregado.
Y esa punzada seca de humillación cuando recordaba que lo había bloqueado.
¡Bloqueado!
Emma, que jamás levantaba la voz, que jamás hacía escenas, había tomado la decisión más brutal de todas, cortarlo de su vida sin darle el lujo de una explicación más, porque había decidido que él ya no merecía ni siquiera la posibilidad de entrarle por una rendija.
Y lo peor era que él se lo había ganado.
Damián estaba en su oficina con la corbata floja, el saco tirado en el