Damián había perdido la cuenta de cuántas veces marcó el número de Emma desde que el sobre llegó a su casa.
Le marcaba una y otra vez, como quien insiste en abrir una puerta que ya sabe cerrada, aun así, cada intento llevaba escondida la esperanza ridícula que ella respondiera aunque fuera para gritarle, para decirle que lo odiaba, para colgarle en la cara… cualquier cosa que no fuera ese silencio absoluto que lo estaba consumiendo por dentro.
La pantalla devolvía lo mismo una y otra vez.
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