Vuelve, amor.
Damián Blackwood no durmió.
No porque el cuerpo no lo pidiera, sino porque la mente se negó a concederle ese descanso mínimo que antes daba por sentado.
Cerró los ojos varias veces, giró de un lado a otro, cambió de almohada, se quitó la camisa, volvió a ponérsela, pero nada funcionó.
La cama era demasiado grande para un solo cuerpo y, por primera vez, ese detalle lo incomodó.
No estaba acostumbrado a dormir en una habitación que no respiraba al ritmo de su esposa.
Emma solía acomodarse de costado, con la espalda hacia él, pero siempre buscaba su mano sin darse cuenta. A veces murmuraba algo entre sueños. Otras, simplemente suspiraba hondo, como si estuviera tranquila solo por saberlo cerca.
Ahora no había nada.
Ni respiración ajena, ni movimientos suaves, ni esa presencia silenciosa que había aprendido a reconocer incluso dormido.
Solo frío.
Y una ausencia que pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Damián se giró por enésima vez, con el antebrazo cubriéndole los ojos, como