Aléjese de mí.
Emma había gritado hasta quedarse sin aire, con la garganta ardiéndole y el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr kilómetros.
Lo hizo con la esperanza ridícula de que Mateo escuchara desde la camioneta, saltara del asiento y entrara como un huracán a sacarla de ahí.
Sin embargo, la villa era enorme y silenciosa a propósito, un silencio de esos que parecen diseñados para que nada se filtre, ni los gritos ni la vergüenza.