Después de un largo rato junto a la cama de su abuela, escuchando con atención sus divagaciones suaves y las historias a medias que salían de su boca cansada, Nadia se levantó en silencio. Depositó un último beso en la frente de la anciana y se dirigió hacia la puerta. No quería alarmarla, ni mostrarle la preocupación que se le arremolinaba en el pecho. Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido, y avanzó por el pasillo blanco del hospital, donde el silencio se sentía más pesado que la calma.