El ligero olor amargo del ungüento penetró su nariz. Nadia estaba sentada en una silla en el hospital, con su hombro derecho expuesto. Rowan se arrodilló a medias frente a ella, sosteniendo un hisopo de algodón empapado en ungüento y tocando con cuidado el horrible moretón morado debajo de su omóplato. Cada pequeño roce hacía que su cuerpo se tensara involuntariamente y ella jadeara.
Él hizo una pausa y la miró.
—Sé paciente —su voz era muy masculina, pero irradiaba calma. Cada vez que hablaba a