Ese hombre la ayudó por varios días. A pesar de no tener ninguna obligación con ella, la recibió en su hogar con la naturalidad de quien ofrece abrigo a un alma rota en mitad de la tormenta. Romero era un hombre casado, con una esposa amable y dos hijas pequeñas, quienes miraban a Nadia con la curiosidad y la inocencia propias de su edad. No hicieron preguntas incómodas, no escarbaron en su pasado. Simplemente la aceptaron.
Durante los días que pasó allí, Nadia volvió a sentir algo parecido a l