Las luces del plató ya se han apagado, pero las consecuencias de lo que dijimos al aire apenas comienzan a encenderse.
Estamos en casa. La misma casa que hace unas semanas parecía una jaula y que ahora se siente como el único refugio que tengo. Liam revisa su celular con el ceño fruncido. Yo me he quitado los tacones, me he envuelto en una manta y miro en silencio la pantalla de televisión. No por entretenimiento. Por vigilancia.
—Estás temblando —dice él, sin despegar la vista de su celular.