El silencio entre nosotros no es incómodo, pero pesa.
Zoé está sentada en el pequeño sofá de la habitación del hospital, con las piernas cruzadas y una taza de café entre las manos. Lleva el cabello recogido de forma descuidada, sin maquillaje, con ojeras marcadas… y aun así, no puedo dejar de mirarla.
No por belleza. Por algo más profundo. Más inquietante.
—¿No tienes llamadas? —pregunta sin mirarme.
—Las tengo.
—¿Y no vas a contestar?
—No.
Ella se gira apenas, me lanza una de esas miradas ráp