Tengo el celular en una mano y el pasaporte en la otra. La maleta está lista. Todo está listo. El jet me espera para volar a Nueva York. Es una reunión importante, una de esas que no se posponen. O al menos, no se supone que se pospongan.
Pero aún no he dado un solo paso fuera de esta habitación.
Mi mirada se pierde en la puerta entreabierta de la sala contigua. Desde aquí, alcanzo a ver el brillo tenue de las luces del hospital y, si cierro los ojos, casi puedo sentir el olor a desinfectante m