Todo comienza con un dolor agudo que me despierta a las tres y treinta y cinco de la madrugada. No es como los otros. Este es distinto. Profundo. Innegable. Inminente.
—Liam… —susurro, con una mano sobre mi vientre, que ya parece llevar el peso del universo entero—. Liam…
Él salta de la cama, aún medio dormido, con el cabello revuelto y los ojos alertas. Cuando me ve con la respiración entrecortada y lágrimas en los ojos, no hace falta que diga nada más.
—¿Ya? —pregunta, sin aliento, acercándos