Mía apoyó la mejilla contra la almohada. A su derecha, la respiración de su hija subía y bajaba en un ritmo lento.
Un soplo cálido que le rozaba el brazo cada pocos segundos. Ese sonido la anclaba, la mantenía quieta en la oscuridad.
No podía dormir.
Giró la cabeza hacia el tocador. El reloj digital marcaba 1:03 a. m.
La casa estaba sumida en el silencio.
Entonces el timbre rasgó el aire: un ding-dong seco, fuera de lugar.
El corazón le saltó contra las costillas.
Se incorporó despacio; la sáb