Adriel puso, con cuidado, la mano en el hombro de Mía.
El contacto fue suave. Casi tentativo.
—¡No me toques! —Ella se removió para zafarse de su tacto. No alzó demasiado la voz.
—Mía. Necesitas descansar. —Su tono era de preocupación genuina—. Has pasado por situaciones de estrés extremo.
—Tú eres un gran mentiroso. Me has mentido la mayor parte del tiempo. —Las palabras salieron afiladas. Usó sus manos como un escudo entre ambos—. Incluso ahora no sé qué mentiras tienes en tu poder.
El rechaz