Un mes después…
Su pequeña bebé logró respirar por sí sola. Aumentó su peso. Sus mejillas, antes pálidas y traslúcidas, adquirieron un tono rosado.
«Es perfecta», se dijo Mía al tenerla en sus brazos por primera vez sin cables. Sin monitores. Sin alarmas.
Solo ella y su hija.
Pequeña, frágil; pero viva. Tan viva.
—Felicidades, pequeña Izel. Al fin irás a casa. —Una enfermera joven le canturreó mientras envolvía el cuerpecito en una sábana suave.
Mía sonrió. La embargó la esperanza. Un sentimien