Adriel observó la pantalla del teléfono.
La llamada terminó.
Apretó el dispositivo con fuerza. Los nudillos se le pusieron blancos.
Tomás.
Ese maldito logró su cometido.
Le llenó la cabeza de mentiras. De veneno. De miedo.
Adriel se puso de pie. Caminó hasta la ventana de su oficina.
La ciudad se extendía frente a él. Luces. Edificios. Movimiento constante.
Pero nada de eso importaba.
Solo importaba Mía.
Y el hecho de que ahora lo veía como un monstruo.
Tomó las llaves de su auto.
Te