Mía se quedó sentada al borde de la cama, con la espalda encorvada y las manos unidas sobre el vientre. El silencio que dejó Tomás al irse no fue ruidoso, pero sí pesado. Como si hubiera arrastrado consigo algo que ahora no sabía dónde acomodar.
Sentía culpa. Sentía miedo. Sentía cansancio.
Todo al mismo tiempo.
—No hice nada malo… ¿verdad? —preguntó al fin, con la voz baja, casi avergonzada.
Juliana la observó con atención. Tenía el rostro pálido, pero los ojos firmes.
—No —respondió sin dudar