Los días comenzaron a adquirir una rutina extraña, forzada y, a fin de cuentas, funcional.
Tomás se hizo cargo de todo.
La despensa no volvió a vaciarse. El refrigerador siempre tenía fruta, leche, comida preparada. Las cuentas se pagaban puntuales, sin comentarios ni reproches. Él llegaba con bolsas, las dejaba en la cocina y seguía con su día, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Mía lo observaba desde la distancia.
Su vientre ya no pasaba desapercibido. La curva se había vuelto ev