El trayecto al consultorio fue silencioso.
Tomás conducía consumido por la carretera y por la imagen de su hermana postrada en una cama, adormecida por la anestesia.
Ese recuerdo hizo que apretara las manos con firmeza sobre el volante.
En el asiento del copiloto, Mía llevaba una mano sobre el vientre y la otra aferrada al bastón. El miedo le latía en la garganta. Una punzada en el pecho que se hacía intolerable conforme pasaban los minutos.
Pensó en la posibilidad de que sus bebés ya no res