Mía no vaciló ni un segundo. Clavó la mirada al frente y apretó el paso. Fingió que el mundo a su alrededor se había vaciado de todo menos del pasillo que llevaba a la salida. Pero una ráfaga de frío le recorrió la espalda y un retortijón de coraje le torció el estómago.
«¿Qué hace aquí? ¿A esta hora?»
Las preguntas le martillaron la mente mientras su cuerpo, traicionero, registraba cada detalle con una lucidez dolorosa: la sombra alta a su izquierda, el silencio denso que lo precedía.
Lo inevi