El traslado al hospital fue una tortura mental. Las lágrimas no paraban de rodar por las mejillas frías y pálidas de Mía. Le rogó a Dios para que Juliana estuviera bien. Que saliera de todo eso.
Lo siguiente fue una silla incómoda. Incertidumbre y miedo. El frío era tan fuerte que le comenzó a doler la espalda baja.
Tomás le ofreció su abrigo. El olor de su perfume le cayó como un golpe al estómago. Se puso de pie y se dirigió al sanitario. Se lavó la cara con agua fría frente al espejo y no se