Esa mañana, el sabor amargo de la medicina en su boca fue el recuerdo de su accidente.
El dolor estaba ahí desde antes de abrir los ojos, punzante, profundo, instalado en la pierna como una advertencia constante. Mía respiró hondo y se incorporó con cuidado; se apoyó primero en el codo, luego buscó el bastón a tientas.
Tanteó el mueble de noche hasta encontrar el frasco del antibiótico. Lo sujetó y, muy despacio, sin apoyar por completo el pie en el suelo, se desplazó fuera del c